Janiel Humberto Pemberty

Nací bajo condiciones precarias en el seno de una sociedad que hacía tiempo ya había abandonado los mitos y leyendas de la antigüedad clásica; que además se había sumergido hasta el cuello en las simetrías de la razón y que se sometía sin cuestionamientos al nuevo dios de la ciencia. Hacía centurias quizá que la poesía había dejado de ser pan para el hombre y esa cosa liviana, alada y sagrada, según Platón. Además, se adentraba inocente en las arenas movedizas del mercantilismo. Ahora sé que debido a esa disyunción cultural, mi alma inquieta debió atravesar un largo periplo de vacíos y sueños rotos.

Mi infancia nómada, solitaria y sin padre, se despeñó por una cascada de asombros, temores y carencias que llenaron mi imaginación de espíritus acechantes a los que solo la presencia de mi madre lograba ahuyentar. Hoy tengo claridad sobre algo que debí haber aprendido por lo menos desde los inicios de mi segunda juventud: que, como decía Borges:

Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.

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La música del olvido del escritor colombiano Janiel Humberto Pemberty llegó a mí en la pasada feria del libro de Bogotá, porque el colega William Castaño de Bookandbilias, de Miami, me habló de él. Luego, intercambiamos un par de emails con Pemberty y ahora le represento su obra y estoy muy feliz porque estoy segura que estoy frente a una joya de la literatura latinoamericana, no solo por la temática que describe, sino cómo lo describe. La manera como Pemberty, en cuatrocientos treinta y seis días nos lleva de recorrido al infierno y a los pocos días en el cielo que tienen los protagonistas de esta conmovedora historia.

La música del olvido, de Pemberty, me impactó, casi tanto como Los miserables de Victor Hugo, por su capacidad de tomar la voz de los silentes protagonistas de la esfera más baja de la sociedad humana, los indigentes.  Pemberty narra en su novela la vida de dos niños: Desquite y Olimpo, arrojados a la calle por diferentes razones y enfrentados por un destino macabro que parece ensañarse en ellos.

Olimpo se aferra a los recuerdos de su abuelo, de su madre y de su padre, así como de la brisa fresca de la montaña y el olor a frutos de su tierra, mientras deambula por las calles de la ciudad en busca de los suyos. Desquite, en cambio, se aferra a su arma, a sus miedos de la infancia, a su rabia contra su madre… y un día jura vengarse de todo el mundo que le ha hecho sufrir y se apoda a sí mismo “Desquite”… Y no para en su carrera de “malo”.

Total, la historia de la calle es dura y sin alma y por una mala jugada del destino, Olimpo se topa con Desquite, éste lo ve más pequeño, aún no zarrapastroso, con tenis nuevos y, además, está a tope de todo el sacol que ha inhalado. Olimpo reacciona bien, no se deja robar y encima le da una golpiza que lo deja en el suelo, noqueado y en  ridículo frente a sus colegas. Olimpo se siente grande y fuerte, pero él no sabe que ha acabado de firma su sentencia de muerte. No tardará mucho tiempo, porque la vida en las calles es corta y siniestra, para que Desquite cobre venganza y nos deje con el corazón en las manos, los ojos encharcados a punto de llorar de impotencia y tal vez ¿la esperanza perdida?

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